26 | 03 | 2019

pce mit sternHace ahora un siglo, el 15 de enero de 1919, militares alemanes a las órdenes de Ebert, Scheidemann y Noske, asesinaban a Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, los dirigentes del recién creado Partido Comunista Alemán, KPD, que pugnaban desde hacía semanas, junto a millones de obreros en las calles y fábricas de Berlín y de toda Alemania, por dejar atrás una época de sangre, guerra y opresión. Los dirigentes espartaquistas eran conscientes de las necesidades y urgencias de los trabajadores alemanes, y, más allá de las diferentes apreciaciones sobre si el momento de la revolución había llegado, Luxemburg y Liebknecht estuvieron junto a los centenares de miles de huelguistas que reclamaban otra Alemania y que querían dejar atrás la penuria, el hambre y la vergüenza de la gran guerra imperialista, mirándose en la esperanza abierta por la revolución bolchevique.

La derrota de Alemania en la gran guerra, la abdicación del káiser y la desaparición del imperio, precedieron a la proclamación de la república, y, tras ella, llegaron las demandas obreras y el estallido de la revolución, iniciada con la aparición de las banderas rojas en Kiel y, después, en toda Alemania. La extensión de las huelgas obreras, y la fundación del Partido Comunista Alemán, junto al deseo de emular la revolución soviética que había triunfado en Rusia el año anterior, impulsaron a los trabajadores alemanes en un movimiento que Rosa Luxemburg definió con claridad: los espartaquistas querían las fábricas para los obreros, pretendían nacionalizar los bancos y las grandes empresas, conseguir la igualdad de hombres y mujeres, acabar con la soledad y el silencio con que el capitalismo cubría la explotación.

Centenares de miles de obreros se manifestaban por todo el país, protagonizaban huelgas multitudinarias reclamando un tiempo nuevo, pero los restos del viejo régimen del káiser Guillermo II, aliados con los dirigentes socialdemócratas que gobernaban en ese momento, se aprestaron a ahogar la revolución alemana. Si la gran guerra había hundido en la vergüenza a la II Internacional, cuyos líderes aceptaron acompañar a sus gobiernos en la gran carnicería que ahogó a Europa en sangre, en 1919 los dirigentes socialdemócratas alemanes se abrazaron con el ejército para detener a Rosa Luxemburg, Karl Liebknecht y los espartaquistas, para cerrar el paso a una revolución socialista en Alemania. Contemplando la creciente represión ordenada por el gobierno del SPD, Rosa Luxemburg, dos días antes de ser asesinada, escribió: “Sobre las ruinas humeantes, entre charcos de sangre y cadáveres de espartaquistas asesinados, los héroes del “orden" se apresuran a afianzar su dominio. El gobierno Ebert trabaja con frenética energía para consolidar su poder: en adelante se regirá por la bayoneta.” [...] “bajo el gobierno "socialista" de Ebert y Scheidemann, se están llenando las tumbas en el cementerio de Friedrichshain.”

Iniciada la represión, nada detuvo a los verdugos. El 15 de enero de 1919, Luxemburg y Liebknecht, que permanecían en la clandestinidad mientras dirigían la revolución, fueron detenidos. El capitán Waldemar Pabst acordó con el ministro Noske matar a Rosa Luxemburg, y, tras torturarla en el hotel Edén donde estaban los freikorps (cuerpo de veteranos del ejército que será el precedente inmediato de las SA y de las SS del partido nazi), el teniente Kurt Vogel le disparó un balazo en la cabeza, y arrojaron su cadáver al Landwehrkanal berlinés. A Liebknecht lo mataron en el Tiergarten.

La ferocidad del gobierno, de los militares y los freikorps no terminó ahí: en los días siguientes los soldados de la reacción lanzaron una operación de limpieza en Berlín, que después seguiría en toda Alemania: patrullaron los barrios proletarios, desalojaron a los vecinos de sus casas y fusilaron a los revolucionarios en las calles. Centenares de obreros cayeron bajo las balas, en una matanza que sigue estremeciendo hoy: apenas dos meses después, el siniestro Noske se vanagloriaba de que, en marzo de 1919, habían fusilado a mil doscientas personas en Berlín. Lo mismo hicieron en Baviera y en otras regiones alemanas: en Múnich, la república sovietista fue también ahogada en sangre, y los soldados y los freikorps volvieron a aplicar la sentencia de Berlín, fusilando a centenares de obreros en los paredones de la ciudad. La esperanza de la revolución socialista fue aplastada, y el asesinato de Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht fue la señal para la contrarrevolución: cuatrocientos mil hombres de los freikorps, junto con las compañías del ejército, recorrieron después Alemania sembrando el terror para exterminar a los revolucionarios. Miles de personas fueron asesinadas.

Es justo que recordemos hoy a Rosa Luxemburg y a Karl Liebknecht, aunque vivamos en otra época, tan distinta a aquellos años calcinados y borrosos del infierno de la gran guerra. También ahora la opresión, el miedo y la incertidumbre por el futuro siguen atenazando a millones de trabajadores europeos y de todo el mundo, y, de nuevo, demonios del pasado vuelven a enarbolar en Europa las sucias banderas del fascismo y del nacionalismo, mientras crecen los designios infames de la explotación humana. Ha transcurrido un siglo desde su asesinato, y los comunistas alemanes, la izquierda, no han dejado un solo año de enarbolar su recuerdo en Alemania, de mostrar su ejemplo, su entrega al socialismo y su honestidad: en este centenario, de nuevo decenas de miles de personas los recordarán en las calles de Berlín.

Por todo ello, el Partido Comunista de España quiere rendir homenaje y reconocimiento público a Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, y a tantos otros revolucionarios alemanes que, como ellos, dieron su vida por el socialismo, y porque, cien años después, nos ayudan a recuperar las voces perdidas en años de confusión, a preservar las manos cálidas de la fraternidad de los trabajadores, a recuperar la fuerza del internacionalismo, a trenzar de nuevo los mimbres de la dignidad y a combatir con determinación un sistema capitalista miserable que incluso ha puesto en peligro la vida en el planeta. La revolución espartaquista y la vida y el ejemplo de Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht siguen estando entre nosotros.

Fuente: PCE / RedGlobe

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